La mujer está sentada en una silla de madera. La silla tiene las patas rectas. El asiento es duro. Sus pies, calzados con zapatos negros de tacón, están apoyados en el suelo. Su espalda no toca el respaldo. Lleva un vestido rojo. Sus manos descansan sobre sus muslos.
La silla de madera
El hombre está de pie frente a ella. Permanece inmóvil. Sus brazos cuelgan a los lados. La mira. La habitación está en silencio. Solo se oye el leve ruido de la calle a través de las láminas de las persianas cerradas.
Ella levanta la mano derecha. El movimiento es lento. Extiende el brazo hacia el hombre. Su mano queda suspendida en el aire, a medio camino entre su regazo y él. Los dedos están ligeramente separados. La palma mira hacia arriba.
Él no se mueve de inmediato. Observa la mano extendida. Pasan unos segundos. Luego, él levanta su propia mano. La acerca a la de ella. Sus dedos rozan primero su palma. El contacto es ligero, casi un roce.
Ella cierra los dedos. Atrapa su mano. Su piel oscura contrasta con la de ella. Su agarre es firme. Tira de su mano suavemente. La guía. La lleva hacia su hombro. La presión de sus dedos indica la dirección.
Él permite que lo guíen. Su mano, ahora bajo la dirección de la suya, desciende. No va directamente al hombro. Se desliza por la manga del vestido rojo. La tela es suave. Sus nudillos presionan levemente la tela contra su brazo.
La mano del hombre se detiene en su hombro. La mujer suelta su muñeca. Su propio brazo cae de nuevo a su muslo. Ahora la mano de él reposa sobre su hombro. La sostiene sin apretar. Los dedos se curvan sobre la curva del hueso y el músculo.
Ella inclina la cabeza. La mejilla roza el dorso de su mano. Es un movimiento único, breve. La piel de su rostro toca la piel de su mano. Luego endereza la cabeza.
Él responde al contacto. Mueve el pulgar. Lo pasa por el lugar donde su mejilla acaba de estar. Traza una línea lenta sobre la tela del vestido. El roce del pulgar es un círculo pequeño, repetido.
Ella levanta la vista. Sus miradas se encuentran. Ninguno de los dos aparta los ojos. La mano de ella sigue en su muslo. La de él, en su hombro. El pulgar no se detiene.
Ella coloca su mano izquierda sobre la que él tiene en su hombro. No la agarra. Solo la cubre. Sus dedos se posan sobre los suyos. Aprieta ligeramente. Es una presión que confirma algo.
Él flexiona las rodillas. Se agacha un poco. Se pone a su altura. Sus cuerpos están más cerca ahora. Su rostro está al nivel del suyo. La mano que no está en su hombro se apoya en el brazo de la silla, cerca de su cintura.
Ella sostiene la mirada. Su respiración es calmada. Con la mano que tenía sobre la suya, empuja ahora. Empuja su mano que estaba en su hombro. La desplaza hacia abajo, por delante de su cuerpo. Lo hace sin prisa.
La mano de él se desliza por el vestido rojo. Pasa sobre el pecho. La tela se ajusta al movimiento. Los dedos de ella mantienen una presión constante, guiando el descenso. La mano de él se mueve por su costado. Finalmente se detiene en su cadera.
La mano de ella suelta la suya. Se separa. Él deja su mano allí, en la curva de su cadera. Sus dedos se adaptan a la forma.
Ella pone sus dos manos en sus brazos. Los agarra por encima de los codos. Sujeta con fuerza. Es la primera preparación para un movimiento mayor. Sus músculos se tensan bajo su tacto.
Se levanta de la silla.
El movimiento es fluido. Se pone de pie frente a él. Ahora están muy cerca. Sus cuerpos casi se tocan. La silla queda vacía detrás de ella. Las patas de madera descansan inmóviles en el suelo.
Él se endereza por completo. Retira la mano que se apoyaba en el brazo de la silla. La coloca en su otra cadera. Ahora tiene ambas manos en sus caderas. Las sujeta con seguridad.
Ella desliza sus manos por sus brazos. Baja hasta sus muñecas. Luego hasta sus manos. Sus dedos se entrelazan con los de él, brevemente. Es un apretón.
Ella da un paso atrás. Tira de sus manos. Lo invita a seguirla. El espacio entre la silla y el sofá azul claro es pequeño. Da otro paso. Su espalda está casi contra el sofá.
Él avanza. Da un paso hacia adelante. Su cuerpo llena el espacio que ella deja libre. La silla queda a un lado, un objeto que ya no se usa.
Ella libera una de sus manos. Con la que queda, sigue tirando de él. Con la libre, busca a tientas el respaldo del sofá. Sus dedos encuentran la tela suave. Se apoya.
Él se detiene. La observa. Sus manos aún están unidas. El tirón cesa. Hay una pausa. Solo el sonido de la respiración, un poco más marcada ahora, llena la quietud.
Ella se deja caer hacia atrás.
El brazo extendido
Ella se levanta de la silla de madera. Cruza los dos pasos hasta el sofá azul claro. Se acuesta de espaldas sobre los cojines. Sus pies permanecen en el suelo. El vestido rojo se abre.
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Él se acerca. Se detiene junto al sofá. Se inclina sobre ella. Su torso oscuro se cierne sobre el rojo del vestido. Su sombra la cubre.
La mano en el muslo
La mano de ella sube. Su brazo se extiende. Su palma toca el muslo de él. Los dedos con anillos se cierran sobre su piel. La presión es firme. Lo guía hacia abajo.
Él se arrodilla en el borde del sofá. Se apoya con una mano junto a su cabeza. Su otra mano desciende. Recorre su pierna. Toca la tela negra de las bragas. Ella no aparta la mirada. Su mano permanece en su muslo.
Ella ajusta su cadera. Se acomoda mejor en los cojines. Su pierna se dobla un poco. Su pie se despega del suelo.
El calor de las palmas
Ella se mueve. Se levanta del sofá. Su vestido rojo sube por sus muslos. Se gira hacia él, que aún está sentado. Se coloca sobre él, de frente. Sus piernas se abren a ambos lados de sus caderas. Ella baja. Él la sostiene por la cintura. Sus cuerpos se encuentran.
Ahora ella está encima. Ella controla el ritmo. Se balancea lentamente al principio. Sus manos están en sus hombros. Las puntas de sus senos rozan su pecho. Los aretes se mueven con cada balanceo. Su respiración se acelera.
Él mira hacia arriba. Ve el pelo gris cerca de su cara. Sus manos bajan de su cintura a sus nalgas. Las empuja suavemente, marcando un compás. Ella responde, moviéndose más rápido. El viejo sofá azul cruja un poco bajo su peso.
La intensidad crece. El ritmo se hace más urgente. Ella arquea la espalda. Su cabeza cae hacia atrás. La cadena plateada de su ombligo brilla con la luz de la habitación. Él se sienta más derecho. Sus músculos se tensan.
Un cambio repentino.
Ella se detiene. Se desliza hacia un lado y cae sobre el sofá. La tela del vestido queda arrugada bajo su espalda. Él la sigue. Se coloca sobre ella. El peso de su cuerpo la cubre. Su piel oscura contrasta con la palidez de sus muslos. Sus roles han cambiado otra vez.
- Un libro en el suelo, junto al sofá. Lo pisa él al levantarse.
- Un zapato de tacón, caído de lado cuando ella se movió. Queda al lado de la pata del sofá.
- Un cojín del sofá. Se cae al suelo durante el movimiento.
- Las gafas de él, en una mesita. Se empañan con el vapor de la habitación.
- El brazalete de ella. Se engancha un momento en su camisa.
Él se acomoda entre sus piernas. Ella las separa para darle espacio. Sus manos agarran los almohadones del sofá. La respiración de ambos llena el silencio. La luz de la lámpara ilumina sus figuras entrelazadas sobre el azul claro del sofá.
La alfombra
Ella se coloca de rodillas en el suelo. La textura de la alfombra le presiona las espinillas. Él se levanta del sofá y se pone de pie detrás de ella.
El movimiento
Sus cuerpos encuentran un ritmo. Es un vaivén constante, un balanceo que no se detiene. La espalda de ella arquea ligeramente con cada empuje. Sus manos se agarran al borde del sofazul.
El movimiento es la única cosa que llena la habitación ahora. No hay sonido. Solo el roce de la piel y el crujido leve de la tela del sofá.
Mientras tanto, las cosas en la habitación permanecen. Algunas cambian de lugar, otras no.
| Objeto | Dónde estaba | Qué le pasó |
|---|---|---|
| Una de las sandalias | Estaba junto al sofá | Quedó de lado bajo una pierna de la mesa |
| El vestido rojo | Yacía en el suelo | Se arrugó más contra la pata de la silla |
| Las persianas | Tapaban la ventana | Permanecieron cerradas |
| Los libros | Estaban en su estantería | No se movieron |
| La perla de un arete | Brillaba en la alfombra | Rodó unos centímetros hacia la pared |
El vaivén cesa. Él se separa. Ella se queda un momento arrodillada, la respiración agitada. Luego se incorpora y se dirige al sofá. Se acuesta boca arriba. Él la sigue y se coloca sobre ella.
La tela del sofá
Ella se levanta del suelo. Sus rodillas dejan de tocar la madera. Camina los dos pasos hasta el sofá azul claro. Se inclina hacia adelante. Sus manos se apoyan en el respaldo. La curva de su espalda es una línea tensa. Él se acerca. Se detiene detrás de ella.
Un brazo rodea su cintura. La presión es firme. Ella baja los hombros. Su cuerpo cede hacia la tela. La falda roja se recoge sobre sus caderas. La piel de su vientre roza el tejido. El metal del pirsin es un punto frío.
Él se inclina sobre ella. Su peso la empuja contra el sofá. La tela azul se hunde bajo sus cuerpos. Sus manos agarran sus muslos. Los dedos se clavan en la carne. Ella entierra la cara en el brazo del sofá. Los ojos se cierran.
El movimiento es profundo. Rítmico. El sofá cruje. Un sonido sordo y constante. Las láminas de las persianas permanecen inmóviles. Los libros en su estantería no se mueven.
Ella gira la cabeza. Su mejilla presiona contra el brazo del sofá. Mira hacia la ventana. Hacia la luz filtrada. Su respiración empaña el tejido azul claro. Un círculo de vapor pequeño y efímero.
El ritmo se acelera. La tensión en la habitación crece. Es un crescendo silencioso. Un final que se acerca. Los cuerpos se tensan al unísono. Un gemido seco, contenido, sale de su garganta. Es el único sonido.
Luego, el silencio.
Él se queda quieto. Su peso es completo sobre ella. La tela del sofá está caliente. Los dos cuerpos se funden en uno solo sobre la superficie azul. Ya no hay movimiento. Solo el leve temblor de la fatiga en sus piernas. La habitación vuelve a ser una habitación. El libro en la estantería sigue en su sitio. La silla de madera vacía.